Cántico
de mi corazón moribundo,
el
silencio ingrato se está columpiando,
al
compás amargo del canto de los grillos,
sobre
las crujientes ramas de un longevo limonar.
¡Canta niño de los sueños!
Y delante del reflejo sincero de la luna,
con flores de campo y ropajes del tendedero,
¡Viste a mi desnudo cuerpo!
Dime a
qué huelen las amapolas,
que se
niegan habitar la rutina de las ciudades.
Mis
entrañas como la flor muerta
en la
maceta decorada con lunares.
Cuenta
los moratones que señalan,
en mis
hombros cansados y heridos,
el peso
agonizante de mi cruz...
Mis
luceros, entre olivos sin aceitunas, andan perdidos,
y en
aquel pozo seco, donde ya no beben los jilgueros,
descansa el llanto pobre de un patio andaluz.
Palomas
blancas del cielo:
¡no
lloréis mi tristeza!,
palmas
y quejidos quiero oír,
en esta
noche de angustias obsoletas.
Clava
tu dolor sobre la guitarra,
y que
sus lágrimas inviten de nuevo a la primavera.
¡Ay!
Recuerdos de juegos de niños e inocencia,
que se
balancean sobre la vieja mecedora desfallecida
en el
llanto afónico del patio andaluz.
¡Canta
niño de los sueños!
Tu
cantar son los versos caminantes,
son las
gotas dulces de poesía
que
limpia los escombros del alma,
en un
patio blanco y verde,
donde
la tenuidad de la luz derretida
iluminará
ya para siempre,
mi
eterna melancolía...