viernes, 23 de octubre de 2015

2. Llanto de un patio andaluz.

Cántico de mi corazón moribundo,
el silencio ingrato se está columpiando,
al compás amargo del canto de los grillos,
sobre las crujientes ramas de un longevo limonar.

¡Canta niño de los sueños!
Y delante del reflejo sincero de la luna,
con flores de campo y ropajes del tendedero,
¡Viste a mi desnudo cuerpo!

Dime a qué huelen las amapolas,
que se niegan habitar la rutina de las ciudades.
Mis entrañas como la flor muerta
en la maceta decorada con lunares.
Cuenta los moratones que señalan,
en mis hombros cansados y heridos,
el peso agonizante de mi cruz...
Mis luceros, entre olivos sin aceitunas, andan perdidos,
y en aquel pozo seco, donde ya no beben los jilgueros,
descansa el llanto pobre de un patio andaluz.

Palomas blancas del cielo:
¡no lloréis mi tristeza!,
palmas y quejidos quiero oír,
en esta noche de angustias obsoletas.
Clava tu dolor sobre la guitarra,
y que sus lágrimas inviten de nuevo a la primavera.
¡Ay! Recuerdos de juegos de niños e inocencia,
que se balancean sobre la vieja mecedora desfallecida
en el llanto afónico del patio andaluz.

¡Canta niño de los sueños!
Tu cantar son los versos caminantes,
son las gotas dulces de poesía
que limpia los escombros del alma,
en un patio blanco y verde,
donde la tenuidad de la luz derretida
iluminará ya para siempre,
mi eterna melancolía...