Un otoño más que hacíamos común
la sorpresa de nuestras miradas,
cubiertas por paraguas y chaquetones
largos.
Con lluvia torrencial en tus ojos,
impaciente corrías hacia mi persona,
rompiendo piedras de la vieja plaza,
cuán solitario preso en sí mismo
que quiere escapar de la realidad y la
nostalgia.
Nos sentábamos en el banco más
oxidado,
en frente del quiosco de periódicos
amarillentos.
Yo pronto mostraba mis ganas de sellar
sobre el paisaje íntimo de tus labios,
tantos besos que había estado
ensayando
frente a un espejo roto.
Juntábamos nuestras manos mojadas y
frías,
intentando ganarle partida al tiempo
perdido.
La tertulia de los ancianos del pueblo
comenzaba,
mientras apartaba los rizos de tu pelo,
para apreciar el significado exacto
de una sonrisa sedienta de aire fresco.
Éramos enamorados de domingos
otoñales,
con palomas picoteando el nácar de las
palmeras.
No medíamos los segundos,
oíamos el atardecer
en las campanas redoblantes de la
rústica iglesia.
Pero cuando en el calendario se
dibujaba la nieve,
llegaba la dolorosa despedida, la
maldita despedida...
Despedirnos hasta que pasaran de nuevo
las fotografías fijas de las
estaciones,
y el olor a castañas asadas volviera.
Para mis primaveras, veranos e
inviernos,
solo me quedaba el recuerdo de tu
rostro
descompuesto en el agua turbia de la
fuente.
Desde nuestra plaza de cada otoño,
hoy te escribo el poema que te prometí,
y que nunca llegué ha enviarte.
Desde nuestra plaza de cada otoño.
Esa plaza que siente y piensa junto a
mí,
conectando la memoria de mi pasado
con los melancólicos cafés de mi
cotidianidad.
¡Ay! Aquella plaza de otoño,
en donde cada uno de noviembre deposito
un ramo de flores marchitas,
para que nunca el olvido entierre
el valor eterno de la historia.