martes, 3 de noviembre de 2015

3. Aquella plaza de otoño.


Un otoño más que hacíamos común
la sorpresa de nuestras miradas,
cubiertas por paraguas y chaquetones largos.
Con lluvia torrencial en tus ojos,
impaciente corrías hacia mi persona,
rompiendo piedras de la vieja plaza,
cuán solitario preso en sí mismo
que quiere escapar de la realidad y la nostalgia.

Nos sentábamos en el banco más oxidado,
en frente del quiosco de periódicos amarillentos.
Yo pronto mostraba mis ganas de sellar
sobre el paisaje íntimo de tus labios,
tantos besos que había estado ensayando
frente a un espejo roto.
Juntábamos nuestras manos mojadas y frías,
intentando ganarle partida al tiempo perdido.
La tertulia de los ancianos del pueblo comenzaba,
mientras apartaba los rizos de tu pelo,
para apreciar el significado exacto
de una sonrisa sedienta de aire fresco.
Éramos enamorados de domingos otoñales,
con palomas picoteando el nácar de las palmeras.
No medíamos los segundos,
oíamos el atardecer
en las campanas redoblantes de la rústica iglesia.

Pero cuando en el calendario se dibujaba la nieve,
llegaba la dolorosa despedida, la maldita despedida...
Despedirnos hasta que pasaran de nuevo
las fotografías fijas de las estaciones,
y el olor a castañas asadas volviera.
Para mis primaveras, veranos e inviernos,
solo me quedaba el recuerdo de tu rostro
descompuesto en el agua turbia de la fuente.

Desde nuestra plaza de cada otoño,
hoy te escribo el poema que te prometí,
y que nunca llegué ha enviarte.
Desde nuestra plaza de cada otoño.
Esa plaza que siente y piensa junto a mí,
conectando la memoria de mi pasado
con los melancólicos cafés de mi cotidianidad.
¡Ay! Aquella plaza de otoño,
en donde cada uno de noviembre deposito
un ramo de flores marchitas,
para que nunca el olvido entierre
el valor eterno de la historia.

viernes, 23 de octubre de 2015

2. Llanto de un patio andaluz.

Cántico de mi corazón moribundo,
el silencio ingrato se está columpiando,
al compás amargo del canto de los grillos,
sobre las crujientes ramas de un longevo limonar.

¡Canta niño de los sueños!
Y delante del reflejo sincero de la luna,
con flores de campo y ropajes del tendedero,
¡Viste a mi desnudo cuerpo!

Dime a qué huelen las amapolas,
que se niegan habitar la rutina de las ciudades.
Mis entrañas como la flor muerta
en la maceta decorada con lunares.
Cuenta los moratones que señalan,
en mis hombros cansados y heridos,
el peso agonizante de mi cruz...
Mis luceros, entre olivos sin aceitunas, andan perdidos,
y en aquel pozo seco, donde ya no beben los jilgueros,
descansa el llanto pobre de un patio andaluz.

Palomas blancas del cielo:
¡no lloréis mi tristeza!,
palmas y quejidos quiero oír,
en esta noche de angustias obsoletas.
Clava tu dolor sobre la guitarra,
y que sus lágrimas inviten de nuevo a la primavera.
¡Ay! Recuerdos de juegos de niños e inocencia,
que se balancean sobre la vieja mecedora desfallecida
en el llanto afónico del patio andaluz.

¡Canta niño de los sueños!
Tu cantar son los versos caminantes,
son las gotas dulces de poesía
que limpia los escombros del alma,
en un patio blanco y verde,
donde la tenuidad de la luz derretida
iluminará ya para siempre,
mi eterna melancolía...

miércoles, 19 de agosto de 2015

1. Del Campo a la Ciudad.

Campo, eterna alegoría de la primavera,
donde se guardan hojas de sonrisas
que nunca se marchitarán.

Inocencia de los sueños.
Canto constante de pájaros,
volando sobre un mundo de fantasías.

Amor tierno del alrededor.
Jugar hasta cansarnos delante
de un aire natural y puro.

La mano para siempre tendida
de un verdadero amigo de aventuras.
Las primeras rosas del corazón.
Sentir que existes aún desconociendo
la definición de “existir”.

Las peleas y, a la vez, protección
de tus hermanos.
El sol reflejado en el riachuelo
donde pasabas las alegres tardes
intentado coger sapos.

Campo, sabes a noches de dulces cuentos,
a las locuras del disfrutar y a verdad con gracia,
eres el significado de vivir en una canción.

Ciudad, eterno invierno,
desilusiones que se escapan
entre los altos bloques de pisos,
que ocultan el azul del cielo.

Canto nocturno de las soledades.
Agonías por el humo
de un mundo en llamas.

Currículum reciclados en las basuras.
Llanto amargo por el adiós
de la mano tierna de una madre.

El buscar un espacio propio
en un lugar incómodo.
Las Puñaladas traseras
de falsas promesas de amistad eterna.

El ritmo vertiginoso con el que se oye,
el tic-tac del reloj.
La sensación de vacío,
producto de un oscuro (des)amor.

Ciudad, sabes a mañanas monótonas
con sabor al mismo café de siempre,
eres el significado de “vivir” la rutina.

Ay, tren de adolescencia,
saliste de la infancia,
para parar en la estación de la madurez;
estación que un día después de mi llegada,
cerraron para siempre.
Ya no habrá tren de regreso.
Del campo solo nos quedará,
recuerdos amontonados
al contemplar los jardines de la ciudad.