Campo,
eterna alegoría de la primavera,
donde
se guardan hojas de sonrisas
que
nunca se marchitarán.
Inocencia
de los sueños.
Canto
constante de pájaros,
volando
sobre un mundo de fantasías.
Amor
tierno del alrededor.
Jugar
hasta cansarnos delante
de
un aire natural y puro.
La
mano para siempre tendida
de
un verdadero amigo de aventuras.
Las
primeras rosas del corazón.
Sentir
que existes aún desconociendo
la
definición de “existir”.
Las
peleas y, a la vez, protección
de
tus hermanos.
El
sol reflejado en el riachuelo
donde
pasabas las alegres tardes
intentado
coger sapos.
Campo,
sabes a noches de dulces cuentos,
a
las locuras del disfrutar y a verdad con gracia,
eres
el significado de vivir en una canción.
Ciudad,
eterno invierno,
desilusiones
que se escapan
entre
los altos bloques de pisos,
que
ocultan el azul del cielo.
Canto
nocturno de las soledades.
Agonías
por el humo
de
un mundo en llamas.
Currículum
reciclados en las basuras.
Llanto
amargo por el adiós
de
la mano tierna de una madre.
El
buscar un espacio propio
en
un lugar incómodo.
Las
Puñaladas traseras
de
falsas promesas de amistad eterna.
El
ritmo vertiginoso con el que se oye,
el
tic-tac del reloj.
La
sensación de vacío,
producto
de un oscuro (des)amor.
Ciudad,
sabes a mañanas monótonas
con
sabor al mismo café de siempre,
eres
el significado de “vivir” la rutina.
Ay, tren de
adolescencia,
saliste de la
infancia,
para parar en la
estación de la madurez;
estación que un día
después de mi llegada,
cerraron para
siempre.
Ya no habrá tren de
regreso.
Del campo solo nos
quedará,
recuerdos
amontonados
al contemplar los
jardines de la ciudad.
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